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La noche que murió Montejo se encendieron velas a las puertas de Dios, más velas que de costumbre. Eran los poetas protestando contra la eterna ley del Creador que a veces sin consultar todo lo destruye. Durarán lo que dura el hombre mirando las estrellas. Hasta que su lumbre haya gritado suficiente y se hagan cumplir las demandas, las querellas. Queremos enmendar el mandamiento “morir cuando sea”, reglamentar la hora exacta, la fecha. Que se nos diga al primer día, dónde cuándo y en que hotel de Ítaca nos esperan. Cuándo hemos de volver, qué canto nos traerá de vuelta y si esta vez nos tocarán alas, ríos o poemas. Se unirán a la revuelta lámparas, árboles y luciérnagas. Durará lo que dure Dios en bajar la cara y aceptar la queja.
Será la vigilia nuestra mayor violencia, Dios tendrá como abogado a los pájaros, las estatuas y las hembras. Nosotros los colores de Rembrandt y a Jorge Silvestre su copla artera. De nuestra razón hablarán el arpegio de Orfeo y el tacto de las letras. Con abrasar la casa redonda, amenaza la trinchera, Dios tarda lo que tarda un hombre en hacer la oración perfecta. Si no hace lo exigido, si no atiende la protesta, arderemos todos juntos en el murmullo de sus venas. Tendrá que buscar asilo en una isla atea donde no haya poetas Ulises, ni mares de aguas quietas. Tarde o temprano mandará a la cigarra bisabuela para que cante el concilio y se comprometa a traer a Montejo de vuelta. Ese día también queremos que nieve y que se vista de otoño el trópico, y el taller blanco de vida eterna.
No solo ha de firmar el armisticio en una piedra. Escribirá con letra clara para que Eugenio sin estar lo lea, la partida de su nacimiento y el idioma que lo hereda. En qué panadería horneará su vida entera. Que niebla ficticia le encanecerá la cabellera. No es solo esto compañeros poetas ahora diré nuestra innegociable pendencia: que a la terredad se reconozca su beligerancia en esta guerra. Que Dios haga las paces con los inmortales de la lengua, para que su Génesis siga soñando el alfabeto de la ofrenda.
Montejo ha Muerto nos dicen las malas señas. El croar de los sapos, el silencio de las iglesias. Ha muerto pero su palabra se queda. Esto no es consuelo para quienes esperamos la respuesta. Por qué se ensaña el tribunal contra el traductor de las penas.
Hasta entonces habrá luz horneando la madrugada eterna. Luz de vela, luz de lámpara, de llanto, luz de la más humana tristeza. Esa que luz impide al gallo acelerar nuestra última cena. Que enmudece al orfeón, que posterga su música sin cuerdas. A Dios vestido de músico, al luto desnudo allá afuera, esperando el negro absoluto: la viudez del poema.
Es el viento el que hace coro en la partitura de la ausencia. Se han callado todos los muertos ante silencio escandaloso de Eugenio, el anacoreta.
Freddy Ñáñez/05-06-2008
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